“48 horas en Huancayo y algo más”
“El alma se me quedó en las montañas de aquel nevado. Mi vida se perdía lentamente, cuando todo había iniciado con el simple deseo de vivir en 48 horas una experiencia diferente, única: huir de la rutina.”
A unas 7 u 8 horas de Lima se encuentra la ciudad de Huancayo, Junín-Perú. Tan fría ella, cautivando con sus cielos celestes, nubes robustas, un sol radiante que apenas templa el cuerpo y su gente, con la disposición a flote para ayudar y que junto a una sonrisa la hace, y me consta, la más alegre de nuestro país.
Diez de la mañana. En ese celeste y despejado cielo con cálidos destellos de sol que atraviesan el vidrio de la ventana de una couster en Huancayo, enrumbo la aventura hacia la Laguna de Ñahuimpuqio en el distrito de Ahuac, en búsqueda de lo desconocido, el mejor sentimiento de goce para la vida.
En el recorrido se puede ver como las pequeñas casas de distintos colores e inmensos árboles acompañan y adornan el último jueves del mes de junio. Vacas rodean las pistas cada cierto tiempo y perros oveja juegan y corren en las árboledas. Mujeres agricultoras regando su sembrío, hombres campesinos cargando grandes cúmulos de ramas y niños y niñas observando el pase del auto, aquel que me hace descubrir su realidad como página a página de un libro de cuentos.
“Pasen, por aquí está la laguna” grita el Sr. Rubén quién sería nuestro remador, una vez que pisamos el verdoso campo de bienvenida. El sol seguía allí, y el solo impulso nos hizo seguir sus pasos. De repente ya estábamos dentro del bote, aquel que nos transportaría al más recóndito espacio de paz en nuestra existencia. El remo golpeaba y golpeaba por la fuerza admirable de los brazos del Sr. Ruben quien oscilaba entre los 50 y 60 años y los movimientos del agua que dibujaban círculos oscilantes en el lago producían la única y serena sonoridad en ese amplio espacio natural.

El Sr. Rubén, nuestro remador en la Laguna de Nahuimpuquio, Huancayo, Junín - Perú
El termino de ese grato paseo en bote nos llevó a continuar la hazaña. Escalamos una montaña cerca de allí, a unos 20 metros aproximadamente de la laguna. El sol seguía desafiante. Agua para beber por ningún lado. Los labios resecos por la naturaleza de la sed pero llenos de vida por la sonrisa de oreja a oreja al ver tanta belleza.
El para nada liviano peso de una cámara fotográfica que registraría los mejores paisajes y momentos en aquel lugar hacía sacar más de una gota de sudor en la frente. Sin embargo, la osadía nos hacía seguir, escalón tras escalón.
Extenso campo color canela verduzco bañaba el horizonte de Huancayo al llegar a la cima. Las altas ruinas de Arwaturo dispersaban la antigüedad y lo exótico que buscabamos. El cuerpo se rindió por primera vez y en tanta divinidad se echó a disfrutar una vez más del silencio, un cielo despejado y un sol candente, aunque con algunos murmullos de lo ajeno pero sin perturbar nuestro intento por conseguir paz.

Vista desde los restos arqueológicos de Arwaturo.
Siete y ocho de la noche. El jueves culminaba con el transitar por las Plazas “Constitución”, cerrada por cierto por remodelación, mala suerte la nuestra; la Plaza Huamanmarca y el Mercado Modelo. Uno que otro gustito por ahí. Sin olvidar comprar el tour que haría realidad nuestro propósito inicial del viaje: escalar el Nevado Huaytapallana, aquel que traería mi desventura y se llevaría mi intrepidez por un viaje inusitado.
Viernes, ocho y media de la mañana. Muy ansiosos por que arranque el motor de la combi hacia el inicio de nuestro escalar en el nevado. Por cierto, el día anterior el dolor de cabeza y estómago era mínimo a comparación de lo que vendría a sentir mi débil cuerpo de viviente llana esa mañana, esa tarde, esa noche, todo el santo día…
No pasaron ni cinco segundos en que empezamos a escalar las montañas y el órgano cardiaco empezaba a acelerarse. La cabeza siempre lidiando con el corazón. La primera decía “Ya llegaste hasta aquí, no puedes rendirte”. Mientras que la segunda quería salir disparada y me hacía susurrar : ya no puedo más…
Pendientes exageradamente inclinadas y accidentadas, rocas grandes y pequeñas que se entrometían en el camino, el granizo que caía, todo un laberinto montañozo con curvas excesivamente ondeadas, una profundidad en el horizonte inconsumable, un viento enemigo y una neblina que cubría con su manta gris todo aquel que intentaba conocer su cubierta capa de nieve a lo lejos y las fuerzas que desaparecían lentamente. Donde está el sol, dentro mío decía...o bueno ilusionaba.
Pasaron 10 minutos y Gustavo, nuestro guía, apenas un joven que simulaba tener unos 17 años seguía gritandonos “¡Vamos Kollpa!, ¡Kallpa! yo le respondía. Sii, “Kallpa”, que significaba fuerza, el nombre de nuestro grupo o bueno del resto de mis compañeros. Igual daba porque era todo lo que nos faltaba o bueno que a mí me faltaba para continuar.

Gustavo, nuestro guía en el Nevado de Huaytapallana.
Gustavo, siempre nos recordaba que éramos los últimos, la última pareja de cinco que subía. Se alejaba y regresaba, una y otra vez para mirar por donde andábamos como padre que vigila a sus bebés para ver si les pasa algo. Nuestros demás compañeros de tour ni aparecían en sombra. Ya nos habían superado en tiempo, distancia, fuerza, aliento y más.
¿Cuanto falta?, pregunté. Dos horas y media, me respondió.. Increíble. ¿Que rayos estaba haciendo? ¿Que me hacía seguir? Que atrevimiento el mío de seguir a pesar del malestar.
El intento por remediarlo al chacchar hoja de hoca no era basto, ni el chocolate triángulo ni caramelos de limón calmaba mi dolor.
Transcurrió a lo mucho una hora desde que empezamos a escalar cuando Gustavo reunió a todos en una cumbre. Si, lo mismo que estás pensando, nos tuvieron que esperar unos quince minutos a que llegaramos a dicha cima. Es ahí donde hicimos nuestra ofrenda a la Pachamama. Ésta consistía en dejar algún alimento; tres hojas de coca, una pequeña que representaba a uno mismo, una mediana, mi futuro hijo o hija y una grande: mi familia; junto a eso el fumar y botar tres veces el humo de tu boca hacía tu ofrenda en la tierra, y finalmente hacer caer de una botella el agua del cañazo en forma de cruz. Todo bien hasta el tercer paso, y es que no fumo...el salto de este, creo, fue lo que condenó mi ruta ese viernes último del mes de junio.

Mi ofrenda incompleta.
A partir de ese momento, a pesar de que la travesía ya había iniciado parecía que todo era repetitivo. El dolor era intenso en cabeza, brazos y piernas. Mis manos, a pesar de estar cubiertos por unos guantes incompletos (con huecos en los dedos) estaban sucias, congeladas, heladas por constantemente apoyarse en las rocas al subir esas cargosas empinadas. Mis pies, a pesar de tener doble par de medias y unas zapatillas supuestamente “resistentes” también helados y pazita. Mi cabello todo alborotado. Mi rostro morado, acompañado de unas cejas en curva hacía arriba formando mi delirio de ese momento: las montañas.
Tres largas horas después. Exactamente a las 2:30 de la tarde, cuando todos ya volvían y bajaban de regreso a su combi, bus, o couster, y justo tres minutos antes de que los guías gritaran ya no hay pase, nosotros gritabamos con el aliento la victoria. Habíamos llegado al nevado Huayatapallana. Su bella blancura y fría aura alegraba nuestro interior pero en los pocos minutos que la pudimos ver no calmó aquel sufrimiento que traería grandes consecuencias en el regreso.

Me fumaron en la cara unas 5 veces para eliminar los fuertes mareos que padecía, me dieron de beber cañazo unas tres veces, me lo echaron en la cabeza dos, me dieron atún con galleta, caramelos de limón, me hicieron oler timolina unas dos veces tambien y nada podía con mi mal de altura, mi mal de suerte o mi mal deseo.
Así intenté bajar con el cuerpo desvalído en los hombros de Gustavo, mi guía. Eramos las últimas tres personas entre los cerros que bajaban en búsqueda de un final del tour. Sin pensarlo aparecieron mujeres, hombre y niños evangelistas que subían con el fin de acampar en el nevado. Dos de ellas me vieron así de mal. Me gritaban : Cristo lo puede todo, confía en él! ¡Éste camino son como los problemas de la vida, debes saber enfrentarlos! y seguían su curso. Solo una decidió parar. Decidida me hizo sentar en una de las tantas rocas puntiagudas, agarró con sus vetustas manos mi cabeza y empezó a sacudirla con una frases que decían y que apenas recuerdo: “Sal mal, fuera de aquí, sal de aquí satanás, Cristo ven…” durante unos dos minutos y me disculpo si tergiverso las palabras pero es lo que recuerdo.
Agradecí el interés en ayudar pero todo seguía igual. Luego unas palabras de un hermano evangelista prosiguieron. Nos contó su vida en 5 minutos. Ya daban las 4:20 de la tarde y la neblina iba cubriendo más y más las montañas. Me regalo unos chocolates que recuerdo me metí uno solo a la boca para luego botarlo y seguir con mi mal.
Mi llanto no cesaba, cada vez era más desesperante y angustiador. Sollozando mencionaba frases como “No puedo más, no puedo más, enserio ya no puedo” totalmente desconsolada me sentía realmente morir. Se me cruzó por la cabeza en ese momento que tal vez ese era mi final, porque no veía salida alguna, faltaba todavía como dos horas más de recorrido. De repente, me senté nuevamente, después de las más de 30 paradas que hice, sentí unos deseos por sacar algo muy dentro de mi. Arrojar lo malo. Si, literalmente. Arrojar.
Lo hice unas 6 veces en ese mismo lugar. Gustavo me repetía una y otra vez que nunca le había pasado algo similar. Yo le pedía perdón. Los tres ahí solos. Yo asustada, no dejaba de temblar. Mis pies se movían solos. Mi cabeza me repetía: no te puedes quedar aquí, no te puedes quedar aquí. Ya con el estómago vacío, mi sentido de la razón volvió y las fuerzas salieron de lo inimaginable. Seguí mi camino.
Cinco y media de la tarde y ya el sol estaba bajo el horizonte. Se hacía de noche y el bus que nos esperaba ya hacía más de una hora. Mismo película de terror o pesadilla. Mi pensamiento seguía firme y sabía que tenía que volver a casa de la Sra. Antolina y el Sr. Victor, abuelitos de mi amor y que muy bien nos agocijaron en su hogar a cinco minutos de la plaza central y de quienes estoy muy agradecida. Es más tenía que volver a Lima, tenía que vivir para contarlo a mi madre, quien resondraría ya decía yo mi travesura, a mis hermanas y a mi familia.
¿Y llegamos a la combi? Es la pregunta del millon. Pues sí. Llorando, toda débil y titiritando así me acurruque en el asiento que me vió venir feliz. Me escabullí en los brazos de mi amado y no hice más que llorar, llorar y llorar. Exactamente eran las seis de la tarde cuando ya toda la neblina cubría el ingreso y las montañas, cuando ya todo estaba oscuro, cuando las ventanas estaban color gris y llenas de vapor. La vida me volvió a dar una oportunidad.
Walter, un personaje que aseveraba la buena cara de la vida y uno de nuestros compañeros del tour nos recomendó no viajar ese día ya que vió en exclusiva nuestro mal. Gentilmente nos ofreció hacernos la ruta hacia Lima al día siguiente en su auto junto a su novia Marita, jovenes como nosotros que empezaban también la aventura de los viajes pero a diferencia de nosotros, que si representaban el nombre del grupo. Dimos por perdido los boletos que compramos un día anterior de regreso a Lima, lo más importante en esa noche era nuestra salud.
Tres pastillas sanaron mi desmayo esa noche, una de ellas la antalgina por la fuerte fiebre que padecí. Una buenas 4 colchas encima y un té de hierbas bien caliente como complemento fueron los elementos clave para despertar 10 horas después con la mirada hacia el techo del cuarto en el que dormí, no sentir dolor alguno y echar una carcajada por lo vivido el día anterior. Ese fue “el día”.
Ahora tengo una historia que contar a mis hijos o nietos, quien sabe. Este es el inicio de una de las tantas experiencias que me depara el destino, porque no pararé de viajar. Claro, alturas de aquí Dios sabe cuando.
Una enseñanza que me deja, si: afrontar las adversidades de la vida con decisión y fortaleza sin desmayar y pensando que los problemas de la vida son como grandes y pequeñas rocas en un cúmulo de montañas que debemos saber enfrentar para ser sabios en nuestro devenir en búsqueda de nuestra paz y felicidad.
Canción “Poder disfrutar el día siempre, y nunca regresar a la ciudad...”
Palmar feat Mon Laferte


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